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FOTOGRAFÍA DE RICARDO LLERA
Exposición: Del 4 de septiembre al 5 de noviembre
En el atardecer húmedo de Cuba, una isla que se va borrando poco a poco sin terminar nunca de desaparecer, uno entiende que ser cubano es aprender a vivir dentro de una contradicción tan bella como cruel. Sentado en el Malecón, sobre un muro rajado por décadas de salitre y abandono, miras al mar saltar como un fantasma inquieto por encima de las piedras. La sal te golpea la cara y, en algún punto cercano, alguien suelta la frase que ya es diagnóstico y rezo a la vez: No es fácil.
Es el mantra de un país atrapado entre un pasado que no acaba de irse y un futuro que siempre llega tarde. En este año de lo que todo el mundo llama el derrumbe total, el orgullo ya no vive en los murales heroicos que se pelan bajo el sol ni en consignas que se quedaron sin verbos. Sobrevive, más bien, en la coreografía frágil de la cercanía humana. No es fácil aguantar días en que la corriente es un cuento y el dinero no pasa de ser papel pintado, pero el orgullo sigue ahí, no como alarde, sino como una negativa silenciosa, casi clandestina, a desaparecer.
La dignidad se esconde en las sombras. Cuando llega el apagón, la gente no se encierra: sale. Las sillas emigran para la acera. Una sola vela se vuelve de todos. Un cigarro hace su recorrido lento y democrático de mano en mano. La información más valiosa que la comida corre en voz baja: qué bodega quizás saque huevos mañana, quién conoce a alguien que conoce a alguien. En el solar, las mujeres se agrupan alrededor de una hornilla remendada, armando un almuerzo con lo poco que hay: un puñadito de frijoles, media cebolla, un chorrito de aceite guardado por semanas, todo para que el abuelo del primer piso no se acueste con el estómago vacío. Hay un pacto tácito funcionando: cuando se cae la maquinaria del Estado, entra en marcha la maquinaria del corazón.
Bajo la luz temblorosa de las velas, donde la oscuridad del apagón se siente tan espesa que casi se puede tocar, aparecen las muchachas. Salen de las escaleras y los portales como aves tropicales sorprendidas entre ruinas. Dieciséis, diecisiete, tal vez veintidós, pero con unos ojos cansados, lúcidos, de gente que ya vio el final del mundo y aun así decidió pintarse los labios. Se ríen con desafío, casi con descaro, como si la alegría fuera un delito.
Este es el orgullo de los náufragos que aprendieron hace rato que sobrevivir es cosa de equipo. Es la dignidad de un pueblo criado dentro de un gran relato que terminó descubriendo ya entrado el 2026, que la salvación ahora viene de la candela prestada del vecino. Dicen no es fácil no porque sean débiles, sino porque la isla pesa, y aun así la cargan todos los días, con una gracia que desafía la gravedad.
Ser cubano hoy es habitar un lugar donde casi todo está roto menos el espíritu. Es querer una casa que no da nada y lo exige todo. Viéndolos compartir un solo cigarro torcido a mano en medio de la oscuridad, con las risas rebotando en las piedras comidas por la sal y el tiempo, uno lo entiende al fin: su orgullo no está en lo que tienen porque casi no tienen nada sino en lo que han aprendido a ser los unos para los otros durante las largas horas sin luz de esta lucha interminable. “No es fácil”
Ricardo Llera
Es un fotógrafo de ascendencia cubana cuya identidad se configura a partir de una experiencia de desplazamiento heredado, marcada por la distancia física e ideológica entre el territorio de sus raíces y su país de nacimiento. Este estado ambiguo de no pertenencia a las costumbres de la cultura cubana se ve profundamente compensado por la transmisión de una tradición insular caribeña a través de sus lazos ancestrales, en especial sus padres, quienes emigraron a Estados Unidos pocos años antes de la Revolución de 1959. Esta información resulta decisiva para abordar, desde la imagen, preguntas en torno a la separación, el destierro y el olvido.
Durante gran parte de su vida, Cuba fue para el artista un territorio inaccesible, conocido únicamente a través del relato familiar, la memoria transmitida y la imaginación construida en el exilio. Entre 1996 y 2016, Ricardo Llera realiza treinta y nueve viajes a la isla, desplazamientos que marcan el acento a modo de testigo silencioso en el habitar cotidiano del territorio. Asumidos como una decisión personal y consciente, estos viajes activan un proceso de confrontación con sus ancestros, con el paisaje familiar, comunitario y urbano, y con una memoria largamente postergada.
El artista se forma y desarrolla profesionalmente en Estados Unidos, construyendo una obra centrada en la fotografía analógica en blanco y negro como herramienta de observación, silencio y reflexión sobre la experiencia humana vinculada a sus orígenes cubanos. Su interés por la etnografía cultural, la memoria y las costumbres de la isla orienta un trabajo visual cargado de interrogantes en torno a la dignidad, el respeto por la libertad y el derecho al bienestar personal y colectivo. En su práctica fotográfica, la imagen opera como un espacio poético de encuentro entre lo biográfico y lo antropológico, y como registro de una historia del tiempo implacablemente desperdiciado en una sociedad condenada al abandono, sin por ello dejar de reconocer el valor de una belleza misteriosa y persistente.
Curaduría Liliana Hernández / César Martínez
Sinceros agradecimientos
Biblioteca Comfenalco, Armenia – Quindío
Para ver más sobre el artista: www.cubaimaginate.com
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